En la cumbre mundial del WTTC celebrada en Malta, el ex primer ministro canadiense Justin Trudeau atribuyó la caída de los viajes de Canadá a Estados Unidos a un clima de desconfianza y a la falta de respeto de la Administración de Donald Trump. Nick Adams, enviado presidencial especial estadounidense para el turismo, respondió con una defensa apasionada de la hospitalidad de su país y acusó a los líderes del vecino país de convertir el turismo en un arma política.
El turismo suele venderse con imágenes de playas paradisíacas, ciudades vibrantes y experiencias inolvidables. Pero en un mundo que atraviesa por tensiones comerciales, disputas diplomáticas y discursos nacionalistas, ni siquiera las vacaciones de todos nosotros parecen inmunes a la política. Esa fue una de las grandes controversias que atravesaron la cumbre mundial del Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC), celebrada en Malta, donde el exprimer ministro canadiense Justin Trudeau y el ministro de Turismo estadounidense Nick Adams expusieron dos interpretaciones radicalmente distintas sobre la caída de los viajes entre las dos naciones vecinas.

El ex primer ministro canadiense, entrevistado por Gloria Guevara, presidenta y directora ejecutiva del WTTC, sostuvo que el retroceso no puede explicarse únicamente por los precios, la oferta turística o la competencia entre destinos. A su juicio, existe un factor menos tangible, pero decisivo a la hora de viajar: la percepción de que los visitantes canadienses ya no son recibidos con la misma cordialidad en territorio estadounidense.
Adams, por su parte, defendió la hospitalidad de Estados Unidos y cuestionó duramente a quienes promueven -especialmente líderes políticos- boicots turísticos como respuesta a los conflictos políticos y comerciales. Su argumento fue contundente: las disputas entre gobiernos no deberían terminar perjudicando a los trabajadores, los hoteles, los restaurantes y los pequeños empresarios que dependen de los visitantes.

Cuando la política cambia los planes de vacaciones
Durante su conversación con Guevara, Trudeau recordó que, durante generaciones, cruzar la frontera entre Canadá y Estados Unidos había sido una práctica habitual para millones de personas. Las relaciones familiares, comerciales y personales habían convertido esos desplazamientos en algo casi natural.
Sin embargo, aseguró que esa confianza se ha deteriorado. Según el exmandatario, muchos canadienses comenzaron a experimentar preocupación ante la posibilidad de viajar al país vecino, en un contexto marcado por los mensajes de Donald Trump hacia Canadá y, especialmente, por sus declaraciones cuestionando la condición de Canadá como país.
“En los últimos años, Estados Unidos no ha sido muy bueno a la hora de hacer que los viajeros se sientan bienvenidos, y su presidente ha sido enormemente irrespetuoso con nuestro país”, afirmó Trudeau.
El ex primer ministro sostuvo que el comportamiento de los gobiernos influye en las decisiones de los turistas, incluso cuando los destinos mantienen sus atractivos naturales, culturales y recreativos. En su análisis, la confianza y el ambiente político pueden pesar tanto como los precios o la calidad de los servicios.
Trudeau también destacó que la disminución de los viajes canadienses persistió pese a que operadores turísticos estadounidenses, aerolíneas y hoteles comenzaron a reducir sus tarifas para atraer nuevamente a ese público. Durante la entrevista, señaló que las cifras habían caído más de un 20 %, con repercusiones en destinos como Florida, Arizona y Maine.
La conclusión que propuso fue clara: los viajeros no responden exclusivamente a incentivos económicos. También eligen lugares donde sienten que serán respetados y recibidos con agrado.
Para Trudeau, el turismo cumple, además, una función que trasciende el negocio. El contacto entre culturas, la curiosidad por otras sociedades y las relaciones personales contribuyen a combatir el aislamiento y la desconfianza. Por eso, advirtió que los gobiernos que promueven una mirada cerrada hacia el exterior pueden terminar debilitando uno de los instrumentos más eficaces para acercar a las personas.

Adams contra los boicots: «El turismo trae felicidad«
La respuesta de Nick Adams partió de una premisa opuesta. En su intervención ante los representantes de la industria y los medios de comunicación presentes, el enviado presidencial especial de Donald Trump para el turismo describió los viajes como una forma de diplomacia humana, capaz de generar amistades, intercambios culturales y oportunidades económicas.
Adams celebró el desempeño de Estados Unidos como anfitrión de grandes acontecimientos deportivos y presentó la hospitalidad de sus ciudadanos como uno de los principales activos del país. También destacó el peso económico del sector: según las cifras que expuso, los viajes y el turismo aportaron 2,63 billones de dólares al producto interno bruto estadounidense el año anterior, sin contabilizar el turismo asociado a la Copa Mundial 2026.
Pero el tono cambió cuando abordó los boicots turísticos, y se mostró a la defensiva. “Una negociación comercial es algo totalmente distinto al sector turístico; nosotros nos dedicamos a generar felicidad, mientras que un boicot al turismo solo trae miseria”, sostuvo durante su entrevista.
El funcionario apuntó directamente contra Trudeau, a quien acusó de haber instado pública y activamente a los canadienses a no visitar Estados Unidos durante el año anterior. Para Adams, esa conducta resulta inaceptable porque traslada las disputas políticas a personas que no tienen responsabilidad en ellas.
Su argumento se concentró en las consecuencias cotidianas: menos propinas para los camareros, menos ingresos para los taxistas y mayores dificultades para bares, salas de música, comercios y otros pequeños negocios. En su visión, los trabajadores del turismo no deberían convertirse en víctimas de las diferencias entre gobiernos.
Adams insistió en que el presidente Trump nunca habría pedido a los estadounidenses boicotear destinos por motivos políticos o comerciales. Asimismo, advirtió que normalizar este tipo de medidas podría generar un precedente perjudicial para toda la industria internacional.

Dos diagnósticos, una crisis
La diferencia entre ambos discursos no está solamente en sus valoraciones sobre Estados Unidos, sino también en la explicación que ofrecen para el descenso de visitantes canadienses.
Para Trudeau, la decisión de viajar a otro destino puede expresar una pérdida de confianza y una reacción frente al trato percibido como hostil. Según su planteamiento, no es necesario que un gobierno imponga restricciones formales: los ciudadanos pueden modificar sus hábitos de viaje por iniciativa propia cuando sienten que el clima político ha cambiado.

Adams, en cambio, pone el foco en la responsabilidad de los dirigentes que alientan esos cambios de comportamiento. En su entrevista, mencionó también la disminución de visitantes canadienses en Hawái, donde dijo haber observado un retroceso significativo durante una visita reciente. Y llamó a los potenciales viajeros a consultar con amigos, vecinos y conocidos que hayan estado en Estados Unidos para conocer sus experiencias de primera mano, en lugar de dejarse guiar exclusivamente por los discursos políticos.
Su mensaje fue acompañado por una invitación a descubrir los 50 estados estadounidenses, a los que describió como destinos con identidades, paisajes y oportunidades abundantes. También anunció esfuerzos para mejorar la atención hotelera y la primera experiencia de los viajeros en los controles de entrada, un reconocimiento de que la recepción al visitante constituye un momento decisivo.
La hospitalidad como responsabilidad política
Más allá de sus diferencias, ambos coincidieron en un punto fundamental: la percepción del visitante importa. La controversia reside en quién debe asumir la responsabilidad cuando esa percepción arruina.
Trudeau considera que los gobiernos deben comprender las inquietudes de sus ciudadanos y reconocer que sus declaraciones pueden tener consecuencias económicas. Adams reclama, en cambio, que los dirigentes eviten utilizar el turismo como herramienta de presión y que protejan a quienes viven de la llegada de viajeros.
El desafío adquiere especial relevancia ante la sucesión de grandes acontecimientos deportivos que Estados Unidos espera albergar durante la próxima década, incluidos los Juegos Olímpicos de 2028 y futuros torneos internacionales de fútbol y rugby, entre otros. Esos eventos representan una oportunidad para atraer visitantes, pero también exigen confianza, previsibilidad y una experiencia de bienvenida consistente.
La discusión de Malta dejó así una advertencia para la industria global: los destinos no compiten únicamente con sus paisajes, hoteles y tarifas. También compiten con la imagen que proyectan y con la manera en que hacen sentir a quienes los visitan.
En una frontera donde durante décadas viajar al país vecino fue casi una costumbre, la caída del turismo canadiense abre una pregunta incómoda: ¿puede recuperarse el flujo de visitantes mediante promociones y descuentos si persisten las tensiones políticas?
Para Trudeau, la respuesta exige reconstruir la confianza. Para Adams, implica dejar de lado los boicots y devolverle al turismo su función de acercar a las sociedades. Entre ambas posiciones queda una certeza compartida: cuando la política entra en las decisiones de viaje, las consecuencias rara vez se quedan en los despachos presidenciales. También llegan a los aeropuertos, los hoteles y los pequeños negocios que esperan, cada temporada, la llegada de nuevos huéspedes.

































